¡Hola, mamá!

María Hortensia Lacau (1910-2006)

 

Ella se ha levantado temprano. Le gusta la iniciación matinal y además ¡hay tanto que hacer!

Se asoma un instante al balcón, mira las plantas, tiene ganas de hablarles, de saludarlas como todos los días, la begonia está un poquito más pálida que otras veces, pero... el tiempo vuela y una vez que se va, no se recupera. ¡Qué rápido pasa el tiempo ahora! Cada vez más. Hay que apurarse.

Echa una mirada hacia abajo y ve la calle, el brillo del sol, las gentes como hormiguitas apuradas, y allá un poco lejos, como pinchando el cielo, el Obelisco. ¡Es linda, Buenos Aires! “Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver...” Bueno ella la vio siempre y la sigue viendo. Sí, siempre le pareció linda y siempre le gustó vivir allí; claro que en otros tiempos... Pero, ¿para qué pensar en otros tiempos cuando hay tanto que hacer en éste?

Deja el balcón y mientras va caminando por el interior de la casa, piensa que empezará por el living. Es donde hay más cosas para repasar.

Una mujer todavía joven, todavía bella, que se mueve por las habitaciones de su casa con un rastro de cansancio en la cara, y unas manos volanderas que hoy no parecen tener muchas ganas de volar. Pero los dos muchachos ya se han ido y si no aprovecha ahora...

Empieza a limpiar, al principio prolijamente, con esa intención detallista que pone (¿o ponía?) en todo lo que hace.

Al acercarse a cada objeto y tomarlo en las manos, se le ocurre pensar que en una casa todas las cosas tienen su historia, su pasado, y que muchas hablan de alguna manera. Pero a veces, las historias van palideciendo con el tiempo, y las cosas vuelven a ser simples objetos. Por ejemplo, ese pisapapeles de cristal con florcitas adentro, que la hacía soñar con un jardín exótico, tropical, o con corona de diminutas siempre vivas -o quién sabe con qué-, se lo había regalado Marcelo, aquel chico rubio y flaco, en aquellos días en que ella fantaseaba con ser escritora. El decía que entonces iba a tener muchos papeles, y que esa esfera de cristal con su jardín en miniatura encerrado allí dentro como un corazón, impediría que los papeles se volaran cuando ella se pusiera a soñar con las ventanas abiertas, y entrase el viento y se llevara todo. No se volaron los papeles, pero se volaron tantas cosas... ¡Cuánto tiempo ha pasado! ¿Y qué habría sido de Marcelo?

Sonríe, embarcada en su soliloquio interior -le gusta viajar por los años... ¿perdidos pasados?-, y sigue repasando objetos, muebles, recuerdos.

Paso a paso, su viaje por el living va progresando. Ahora está frente al gran espejo de marco dorado que fuera de sus abuelos y en el que ella le encantaba contemplarse cuando era chica. Y después también. Y de pronto recuerda que se lo regaló su madre el día que nació Susy. “No te mires demaciado -le había dicho con su suave sonrisa- porque cuanto más te mires empezarás a descubrir lo rápido que pasa el tiempo”. Filosofaba sin amargura y también se burlaba tiernamente de aquella debilidad suya de mirarse en todos los espejos. Si, el día que nació Susy. Curioso regalo para un día así. ¿no? El tercer hijo, la primera mujer, la vida ya avanzando, y su madre le regalaba un espejo. Habría sido justamente por eso, porque Susy era mujer y los espejos… ¿Susy? ¡Ni que la hubiera llamado!, porque justo en el mismo momento en que ella repasaba el espejo, el gran espejo de infinito mundo inconmensurable, que siempre la fascinó, se entreabre de golpe la puerta y aparece la cara sonriente de Susy, con su pelo revuelto, su flequillo castaño, sus libros bajo el brazo.

-¡Hola mamá! Ya volví pero me vuelvo a ir... ¿Qué estás haciendo? ¿Otra vez limpiando?

-Si... Limpio porque me gusta... -contesta ella con suave ironía.

-Bueno... No vayas a perderte en el espejo, ¿eh? -Y de nuevo se ríe-. Me voy hasta lo de Carola a llevarle estos libros y vuelvo. Chau... -le tira un beso y desaparece.

Ella, otra vez sola frente al espejo, detenida un instante en el lugar y en el tiempo, piensa: -Qué parecida es Susy a mamá y a mí. Claro que la imagen de mamá que yo tengo no es tan joven como la de Susy. Pero a veces la recuerdo, muy atrás en el tiempo, con una cara de alegría .A veces, porque otras muchas... ¿Cuándo? Después, claro, cuando yo ya estaba en el secundario...

Y de pronto, con una angustia que viene del pasado, de tiempos ya muy lejanos, pero que resuena nueva y recién descubierta, una vocecita secreta le está diciendo a ella: -cuando éramos chicos, mamá parecía a menuddo alegre; después -ahora lo advierte- su expresión fue cambiando; era como si una fina pátina de melancolía, de hambre pequeña pero constante, le dibujase una cara distinta, y esa cara se hubiese ido colocando encima de aquella otra que había sido la suya. Y era como si las sonrisas se le hubieran ido achicando y las miradas fuesen cada vez más lejanas, y a veces -con qué claridad lo veía- solía apretarse el labio inferiorcon los dientes de arriba como si ésa fuese la forma de contener algo, ¿angustia o qué?, inmóvil dentro de un silencio ¿Qué pensaría mamá? ¿Qué estaría pensando cuando se quedaba así? Y... ¿habría sido feliz mamá? ¿Qué sería ser feliz para ella? Nunca lo supo porque nunca se lo preguntó en aquellos tiempos, ni tampoco después cuando ella fue grande y su madre empezó a envejecer; y ahora... ahora ya no podía preguntárselo. ¿Por qué sería necesario llegar a la plena adultez de la vida para preguntarse por qué no se preguntaron tantas cosas que ahora se querrían saber? Sí, su madre había ido cambiando haciéndose más callada, más encerrada en sí misma, ya no canturreaba cuando hacía las cosas, y a veces parecía infinitamente lejana, instalada en un hermético mundo propio. Pero ella era joven, estaba tan ocupada en descubrirse a sí misma, en querer ser feliz, en esperarlo todo de la vida, que qué iba a estar fijándose en los cambios de su madre. ¿Y habría sido feliz realmente, su madre? ¿Qué habría esperado de la vida? Y eso que esperó, ¿lo habría tenido? Ella nunca lo supo, jamás le pasó por la cabeza la idea o la necesidad de preguntárselo. eso no existía para ella, le parecía que todo estaba bien así. Los padres no existen como personas con vida propia. Son los padres y basta. ¿Hombre? ¿Mujer? ¡No! Son los padres. Y su madre, ¿habría sido feliz como mujer con su padre? ¿Con el hombre que fue su padre? Ella no recordaba ni peleas, ni gritos, ni nada de esas cosas, pero sí muchos silencios, un estar cada uno en lo suyo, una especie de soledad acompañada, de tedio, de aburrimiento flotante allí, que hacía que ella, joven, tuviera ganas de irse. Claro que todo eso lo pensaba ahora. Y empezó a ver el rostro de su madre cada vez con mayor claridad, con una nitidez impresionante, la expresión de aquel rostro distraído, ansioso, como guardando un secreto impreciso, aquel pelo oscuro que después empezó a vetearse de gris, aquellos ojos claros que al sonreír vagamente se alargaban y que en vez de darle alegría a la cara le daban una especie de ausencia, de vaga tristeza, algo como secreto, algo como con miedo y vergüenza de ser confesado, aquellas arrugas finas, casi imperceptibles alrededor de los ojos, algunos días un gran rictus de cansancio en las comisuras de los labios. No era la cara de una mujer feliz. Más bien era la cara de la frustración. Paralizada, veía ahora a su madre con una claridad con que no la había visto nunca, como si la estuviera mirando como nunca lo había hecho. Sí, veía esa cara a la que había mirado tanto tiempo sin ver. Y ahora la veía. Estaba allí mirándola. Era como si las dos estuviesen escrutando. Y de pronto supo que su madre había estado harta del matrimonio, decepcionada de todos aquellos sueños de amor que se habían convertido en rutina, en trabajo, en obligación exigida, en amor -llamémosle así- por obligación, harta de estar oyendo siempre… “mamá, esto, mamá, aquello” “Ángela me preparaste aquello...” Y supo que su madre era linda, y muy mujer, soñaba a veces con sueños imposibles... (ay si todavía… pero no, ya no...) -si no tuviera hijos- -si yo fuera capaz...- y que tal vez no habría sido indiferente a la admiración que pudo despertar en algún otro hombre que no era su marido, pero que una infinita piedad por ese ser rutinario y dependiente que para ella pareció ser el amor, y el cariño a los hijos, y el miedo a la cobardía frente a lo establecido, la habían atado a la vida, a ese tipo de vida de su única vida. Y volvió a ver a su madre haciendo las cosas con aire de sonámbula, la volvió a ver frente a ese mismo espejo limpiándolo, y volvió a ver su fino rostro con su aire de hastío, mirando sin ver, oyendo sin escuchar, quizá esperando sin esperanza algo que no sabía muy bien qué era. Sí, ahora ya tarde, veía con una claridad impresionante aquella cara querida tan semejante a la suya, ojos claros, arruguitas finas, gesto de cansancio e indecisión. Sí, la veía como si la estuviera mirando a ella, su hija, desde el otro mundo, pero a la vez desde tan cerca. Y era como si su madre le musitara muy bajo, que ya era tarde para develar su secreto, el de Ángela, el de la que ya no estaba en la vida, tarde para tomar decisiones salvadoras, tarde para que la hija se interrogase ahora acerca de qué le había pasado con su vida a ella, su madre. Pero a la vez, el rostro dulce y sufrido, trabajado de vida, la estaba mirando como queriendo trasmitirle algo, un mensaje. La sentía y la veía tan próxima, que si se acercaba un poco más, sólo un poco más, casi hasta podía darle un beso, pedirle perdón por no haberla mirado mejor antes, por no haberle preguntado, por no haber sabido...

Y cuando parecía que el secreto iba a ser revelado, cuando ya el mensaje era inminente, otro mensaje, esta vez de vida, estalló de pronto. Súbitamente, como una ráfaga impetuosa se abrió la puerta del living, el silencio de la casa, lleno de la ausencia de sus habitantes se quebró de pronto, y tumultuosa y despeinada, Susy asomó por la puerta, y entre absorta y escandalizada, entre seria y sonriente, dijo casi gritando:

¡Hola mamá! ¿Todavía estás ahí? ¿Qué estás haciendo? ¿Todo ese tiempo estuviste contemplándote en el espejo?

 

En  LACAU, María Hortensia (1910-), Gris Buenos Aires / María Hortensia Delia Palisa Mujica de Lacau. -- Buenos Aires : Emecé, 1984. -- 240 p. ; 20 cm. -- ISBN 950-04-0338-2. -- (p. 161-167). Premio Emecé 1983-84

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